En 1916, Luis Muñoz Rivera falleció en San Juan. Hasta ese mismo año había permanecido en Washington D. C., donde ocupó el cargo de comisionado residente. Ciertamente, su trayectoria tanto política como periodística era más que conocida. Buena parte de los medios locales recogieron la noticia de su muerte en ediciones con un notable número de artículos firmados por las principales personalidades del momento: en ellos, se exaltaron las virtudes de Muñoz y su papel durante la compleja transición producida en el país tras la invasión estadounidense de 1898, así como el valor de las ideas defendidas a lo largo de su vida a través de sus artículos aparecidos en la prensa. Pasado un año de su deceso, un grupo de personajes compuesto por Antonio R. Barceló, Juan B. Huyke, Epifanio Fernández Vanga, Luis Muñoz Morales y Emilio del Toro Cuebas, entre otros, impulsaron la realización de un monumento conmemorativo que sirviera de homenaje a su figura. Un escultor inglés, John B. Cooper, sería el responsable de llevarlo a cabo: empleó el Senado como taller para su ejecución, y el 3 de octubre de 1919 se inauguraría formalmente en un enclave situado frente a la Escuela Modelo de la Universidad.
Muñoz estaba representado vistiendo una levita y con su singular sombrero de copa en una de sus manos. Miraba al frente con un semblante contemplativo y recio, como si se hubiese detenido para observar algo, lo que acentuaba notablemente el estatismo de la obra. Curiosamente, esta visión del personaje, de claro corte realista, no fue del agrado del estudiantado de Río Piedras. La noche del 11 de marzo de 1925, varios alumnos trataron de arrancar la escultura de su pedestal bajo proclamas que la tildaban de “profanación a la memoria de Luis Muñoz Rivera” y de “desgracia para la Universidad”. Fruto del descontento generalizado hacia la creación de Cooper sería la resolución aprobada poco después por la Legislatura con el objetivo de demoler completamente el monumento. A ello, además, añadieron la aportación de $5,000, los cuales se sumarían a los $2,000 recaudados por el alumnado de las escuelas públicas a través de la comisión constituida ad hoc para levantar una nueva obra, más en consonancia con la dignidad y la relevancia del personaje. En esta ocasión, la elegida para su ejecución sería la escultora estadounidense Bonnie MacLeary, hija de James Harvey McLeary, quien, en la década anterior, había ocupado el cargo de juez asociado del Tribunal Supremo de Puerto Rico. La ubicación de la escultura, igualmente, habría de ser diferente a la primitiva, pues se instalaría en uno de los extremos frente al edificio Baldorioty, completando el eje formado por los monumentos consagrados al célebre abolicionista y a Hostos.
De carácter más simbólico, la