Entre los meses de mayo y junio de 1977, el artista luquillense Tomás Batista celebró una exposición de sus obras en el convento de Santo Domingo, en San Juan. Estaba organizada por el Instituto de Cultura Puertorriqueña y, en ella, tuvo la oportunidad de mostrar un notable número de las creaciones que había llevado a cabo hasta la fecha. De tales piezas, sobresalían varias cabezas de gran formato representando diferentes personajes ilustres de Puerto Rico, caso, por ejemplo, de Eugenio María de Hostos y Ramón Emeterio Betances, las cuales ya habían despertado la curiosidad de Ricardo E. Alegría durante sus últimos años como director ejecutivo del Instituto. A comienzos de la década de 1970, igualmente, Batista había efectuado los vaciados en bronce de algunas de estas efigies, aunque, hasta donde sabemos, dicho evento no trajo consigo la ubicación de las piezas en un lugar específico donde pudieran ser contempladas por el público. Se diría que, en ese sentido, debieron custodiarse en las dependencias pertenecientes a aquella agencia gubernamental durante varios decenios, tal como ocurrió con la cabeza de Betances localizada en el Archivo General de Puerto Rico por el Dr. Félix Ojeda Reyes, profesor de la Facultad de Ciencias Sociales del recinto de Río Piedras, y el Dr. Paul Estrade, docente de la Universidad de París VIII.
La personalidad y el legado del célebre médico caborrojeño continuaba generando un verdadero interés en el ámbito académico. Episodios de su biografía como sus dilatadas estancias en Francia, su férrea defensa de la abolición de la esclavitud, la organización de la lucha armada contra el régimen colonial español en pro de la independencia de Puerto Rico (con el Grito de Lares como epicentro), así como sus relaciones con líderes revolucionarios cubanos y sus vínculos con República Dominicana, entre otros, constituían auténticos referentes del desarrollo de la historia del archipiélago durante el siglo XIX. A ello, además, se añadía una destacada producción literaria, periodística y epistolar a través de la cual iría exponiendo sus posturas y opiniones alrededor de los problemas que acuciaban tanto a su país natal como al resto de las Antillas Mayores. A la luz de estos y otros acontecimientos, está claro que la figura de El Antillano (nombre con el que firmó un notable número de sus escritos) había supuesto un punto de inflexión en la evolución del pensamiento político en la región, al igual que ocurriría con otros contemporáneos suyos como Román Baldorioty de Castro y el propio Hostos.
Desconocemos las circunstancias en las que tuvo lugar el hallazgo de la cabeza de Betances por parte de los profesores Ojeda y Estrade a finales de los años noventa. Pero lo cierto es que, a partir de ese descubrimiento, se comenzó una serie de gestiones entre el campus riopedrense y el Instituto de Cultura con el objetivo de que el bronce se instalara en la Facultad de Ciencias Sociales. El acuerdo final, firmado el 20 de agosto de 1998, establecía que la obra sería prestada a la Universidad por tiempo indefinido, que esta institución se encargaría de la construcción de un pedestal de mármol acorde a las instrucciones aportadas por la agencia y, entre otros aspectos, debía incluirse una tarja informando de la pertenencia de dicha pieza a su colección. Si bien, al observar el monumento, se comprueba que el cumplimiento de tales especificaciones no se dio con total rigurosidad, las negociaciones de ambos académicos conseguirían que, en efecto, se ubicara frente a la citada Facultad. Serían ellos, justamente, quienes develaron la escultura el 19 de noviembre de 2001 dentro de los actos correspondientes a la ceremonia de inauguración.