Junto al Homenaje a Puerto Rico de los republicanos españoles, ubicado frente al Museo de Historia, Antropología y Arte del recinto de Río Piedras, fueron dos las comisiones que el Dr. Ángel Rodríguez Olleros realizó al escultor Pablo Serrano a finales de la década de 1960. Sabemos que una de ellas, el busto de Miguel de Unamuno, ya se había inaugurado en octubre de 1969 tras su donación por este médico y profesor de la Facultad de Farmacia, y, algo más tarde, la antigua Facultad de Pedagogía aprovecharía la coyuntura para celebrar un acto en honor al conocido escritor de Bilbao. No obstante, no deja de llamar la atención el hecho de que se situara en el campus una escultura de un personaje que, aun considerando su importancia en la cultura española del primer tercio del siglo XX, nunca tuvo ningún tipo de vínculo ni con la Universidad ni con Puerto Rico.
Es muy probable que la idea de encargar una obra dedicada a Unamuno surgiera a raíz de otro proyecto que Serrano había efectuado poco antes en España. En 1968, precisamente, el artista había culminado una escultura de cuerpo completo del autor vasco destinada a la Universidad de Salamanca, institución en la que había ocupado el cargo de rector en tres ocasiones, y con la que mantuvo unas complejas relaciones tras el estallido de la Guerra Civil. Se trataba, en efecto, de un gesto simbólico por parte de dicha entidad educativa, pues, en cierta manera, Unamuno todavía era recordado como una de las figuras más emblemáticas de la institución y, durante las primeras semanas de aquel conflicto bélico, había expresado públicamente su apoyo a los militares golpistas encabezados por Francisco Franco. Sin embargo, una vez comprobado el terror que los sublevados estaban causando en distintas regiones del país, el escritor se retractaría de esa postura inicial: su posición ideológica culminaría en la célebre cita “venceréis, pero no convenceréis” que pronunció el 12 de octubre de 1936, durante su discurso de apertura del curso académico en la Universidad salmantina frente al general José Millán–Astray y otras personalidades afines al nuevo régimen impuesto por Franco tras la conclusión de la contienda en abril de ese año.
Nacido en la provincia de Salamanca, no es extraño que el Dr. Rodríguez Olleros deseara tener en San Juan una obra de características similares a la ejecutada por Serrano para la centenaria institución castellana. Suponía, después de todo, un recuerdo material del lugar donde había pasado su infancia y buena parte de su adolescencia, y la figura de Unamuno se erigía como un referente intelectual de la lucha contra la intolerancia y la represión instauradas por el franquismo. Al contrario que la salmantina, la escultura enviada a Puerto Rico sería un busto con unas características casi idénticas a su precedente: mientras que el medio cuerpo aparece tratado mediante una serie de concavidades que, de manera abstracta, simulan cierto movimiento en el personaje, el rostro está trabajado con mayor realismo. Tanto su mirada como su gesto, enérgico, aunque de suma austeridad, parece reprender a un hipotético interlocutor, adelantando ligeramente la cabeza en un ademán que podría interpretarse como una alusión al fervor que debió manifestar en su mencionado enfrentamiento dialéctico con las autoridades golpistas.
Si, en un principio, se barajó la posibilidad de instalar el monumento en el interior del Senado Académico, finalmente, sería ubicado en una isleta delante del Centro Universitario (actual Centro de Estudiantes). Su pedestal, de líneas muy sencillas, fue diseñado por el arquitecto José Firpi con la colaboración de la Escuela de Arquitectura del recinto riopedrense.