Tras la muerte de Juan Ramón Jiménez en 1958, Jaime Benítez, durante su etapa como presidente de la Universidad de Puerto Rico, concibió un proyecto a fin de homenajear al célebre poeta de Moguer. A pesar de sus buenas intenciones, parece que dicha iniciativa no pasó de una simple idea, pues hubo que esperar una década para que la retomara de un modo más ambicioso. Lo que, a priori, habría de servir para honrar la memoria del autor andaluz pasaría a ser una glorieta dedicada a la poesía, dentro de la cual se incluirían también esculturas de las cabezas de Pedro Salinas y de Luis Palés Matos. El rector, Abraham Díaz González, dio su visto bueno a la propuesta ese mismo año de 1968, constituyendo un comité compuesto por Jorge Enjuto, decano de la Facultad de Humanidades, Ricardo E. Alegría, director ejecutivo del Instituto de Cultura Puertorriqueña, José Firpi, arquitecto del recinto, y el Dr. Ángel Rodríguez Olleros, profesor de la Facultad de Farmacia y uno de los impulsores del Homenaje a Puerto Rico de los republicanos españoles, el monumento más reciente que se encontraba por entonces en el campus.
No debe ser casualidad que el escultor elegido para la ejecución de las tres efigies fuese Pablo Serrano. Es sabido que Rodríguez Olleros mantenía con él una cordial relación de amistad, y resulta significativo que, en paralelo con este encargo, estuviese gestionando otro con su colega turolense consistente en un busto de Miguel de Unamuno. Dos de los autores seleccionados para la glorieta, ciertamente, estaban en sintonía con la propia situación vivida por el doctor desde su salida forzosa de España: el matrimonio formado por Juan Ramón y Zenobia Camprubí había huido de Madrid en 1937, itinerando por distintas ciudades americanas durante diversos períodos de tiempo hasta que, en 1950, se instalaron de forma más o menos permanente en San Juan. Fue aquí donde, de la mano de la Universidad, prosiguieron desarrollando una excepcional labor intelectual que culminaría con la concesión del Premio Nobel de Literatura a Juan Ramón en 1956, el cual fue recogido por Benítez en su nombre.
Algo distinto fue el caso de Salinas. Una vez surgida la sublevación militar, marchó a Francia para, posteriormente, embarcarse hacia los Estados Unidos. Tras ejercer la docencia en varias instituciones norteamericanas, pasaría a trabajar en el recinto de Río Piedras en 1943, y fue, justamente, en la capital puertorriqueña donde concebiría El contemplado, uno de sus libros más excepcionales. Palés Matos, por otro lado, era considerado una de las máximas personalidades de la lírica insular, especialmente, desde la publicación de su pionero poemario Tuntún de pasa y grifería. Al respecto, conviene subrayar que la incorporación del poeta guayamés en este conjunto estuvo motivada por la participación de Alegría en el comité, ya que el Instituto de Cultura sufragó el importe de su cabeza en bronce mediante el Fondo de Monumentos a Puertorriqueños Ilustres que poseía esta agencia gubernamental.
Aunque las tres obras se hallaban en el campus en 1968, no sería hasta 1973 que se celebró la inauguración de la glorieta. Una serie de desencuentros, unida a distintos cambios en los puestos administrativos, produjo la demora. Firpi había expresado su disconformidad con la configuración original planteada por Serrano, que contemplaba la posibilidad de que las cabezas se instalaran en una pequeña plaza circular con un estanque. Como contrapartida, planteó la opción de eliminar tal cuerpo de agua y colocar las efigies en la isleta emplazada justo delante del Centro Universitario (hoy, Centro de Estudiantes), de igual modo que se barajaría la posibilidad de emplear una base continua para colocar en ella las tres piezas. Descartados estos planes, el Dr. Rodríguez Olleros haría lo posible por cumplir con el deseo inicial del escultor: los pedestales, finalmente, serían individuales; se llevarían a cabo con un revestimiento de piedra basáltica conseguida en el municipio de Las Piedras; y el nuevo presidente de la Universidad, Amador Cobas, ante la insistencia del médico por ver materializado el proyecto, instaría al rector Pedro José Rivera a que la División de Terrenos y Edificios certificara la idoneidad del emplazamiento recomendado al efecto. La Glorieta de la Poesía (conocida también como la Glorieta de los Poetas) se localizaría definitivamente en el patio oeste del Edificio Hostos, en uno de los extremos del cuadrángulo histórico, rodeado en dos de sus costados por galerías porticadas que parecen enmarcar las efigies de estos tres extraordinarios escritores.