Puerto Rico, al igual que otros países americanos, se convirtió en un lugar de acogida para aquellas personas que, por razones ideológicas, huyeron de la Guerra Civil desatada en España entre 1936 y 1939. Al respecto, el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico jugó un rol fundamental: Jaime Benítez, durante su etapa como rector, invitó a un notable número de intelectuales y artistas exiliados a participar de actividades llevadas a cabo en el campus, y muchos de ellos, finalmente, acabarían por incorporarse a la institución como profesores de manera permanente. Tales fueron los casos, por ejemplo, de Juan Ramón Jiménez, Zenobia Camprubí, Francisco Ayala, Cristóbal Ruiz y Eugenio Fernández Granell, entre otros: no hay duda de que estos personajes acabaron convirtiéndose en referentes para las nuevas generaciones de estudiantes que, entre las décadas de 1950 y 1960, serían testigos de diferentes transformaciones que aspiraban, bajo la promesa del progreso, a modernizar tanto al país como a la propia Universidad.
Uno de estos exiliados, el Dr. Ángel Rodríguez Olleros, fue quien impulsó la idea de un monumento que sirviera como muestra de gratitud y afecto de los españoles republicanos hacia el pueblo de Puerto Rico. Nacido en la localidad de Béjar, en la provincia de Salamanca, salió de la Península Ibérica en pleno conflicto bélico, probablemente, a fin de evitar cualquier tipo de represalia política. Había obtenido su título de doctor en la Universidad Central de Madrid en 1928, donde, cinco años más tarde, presentaría su tesis doctoral, y llegó a ocupar el cargo de jefe de trabajos de clínicas en la Facultad de Medicina de dicha institución. En 1938, ya se encontraba en San Juan realizando investigaciones en la Escuela de Medicina Tropical, por lo que cabe pensar que fuese Jaime Benítez quien lo invitase, posteriormente, a formar parte del claustro de la Facultad de Farmacia. Más allá de sus labores académicas, el compromiso del Dr. Rodríguez Olleros con sus compatriotas asentados en la isla fue más que evidente: atendió las necesidades médicas de algunos de sus paisanos como Juan Ramón Jiménez y Pau Casals, y se convirtió en el principal gestor de varias esculturas conmemorativas que se instalarían en el recinto de Río Piedras a lo largo de los años sesenta y setenta.
La primera de ellas, precisamente, sería Homenaje a Puerto Rico de los republicanos españoles 1936-1963. Llevada a cabo por el escultor turolense Pablo Serrano, se inserta en la serie de “bóvedas para el hombre” que el artista había comenzado alrededor de 1960. Consiste en una estructura de grandes dimensiones, realizada en bronce, donde confluyen las formas abstractas con elementos arquitectónicos (ladrillos, por ejemplo) insertos en algunas de sus partes. A primera vista, su apariencia se asemeja a la de una cueva: la zona superior se presenta escarpada, con unos contornos irregulares en pendiente que generan distintos planos de profundidad. La inferior, por su lado, descansa sobre dos suertes de patas de notable grosor proyectadas hacia el exterior y que, a su vez, se encuentran apoyadas en dos pedestales de concreto que separan, elevándolas, las partes de bronce de la lámina de agua que suele cubrir la superficie del suelo. Gabriel Franco, presidente de la comisión constituida para el encargo de la obra, ex ministro de la Segunda República española y docente del Colegio de Ciencias Sociales del campus, la describió en los siguientes términos: “El monumento representa la angustia del hombre moderno en busca de refugio y tratando de levantar la bóveda que le aprisiona por encima de su cabeza y más allá de su visión sensible”.
Emplazado en el recinto del Museo de Historia, Antropología y Arte, su inauguración se efectuó el 18 de julio de 1963, el mismo día en el que, veintisiete años antes, Francisco Franco dio el golpe de estado que provocó el arranque de la Guerra Civil en España en 1936 (curiosamente, los últimos dos dígitos de cada año, al ser intercambiados, también parecen una referencia simbólica a esa fatídica fecha). Una placa con el escudo de la Segunda República y un breve texto de Juan Ramón completan el conjunto, que fue entregado a Jaime Benítez en representación de la Universidad como institución depositaria y encargada de su mantenimiento.